El líder humilde.

Hace tiempo que sigo a Xabier Marcet, consultor en estrategia, innovación y emprendimiento corporativo y al que considero uno de los referentes en el ámbito de la innovación. Recientemente he vuelto a leer su artículo “La victoria de los líderes humildes”, sobre la humildad en el liderazgo que quiero compartir con vosotros:


“La humildad es una forma de sabiduría, una manera de estar y de relacionarse que tiende a dejar espacio a los demás. Los directivos de empresa que más me han impresionado son gente que no han perdido la humildad. No son pusilánimes. No practican ese buenismo impostado. Son capaces de tomar decisiones duras, complicadas, de liderar transformaciones en las que el final está por escribir. Pero no caen en la autocomplacencia del halago fácil. La humildad está incrustada en sus trayectorias de un modo natural. La humildad o es natural o sencillamente, no es.

La humildad es también la que permite a esos líderes continuar mejorando. Intentan encontrar personas en las que inspirarse y para continuar inspirando a su gente. La humildad les permite valorar los éxitos de los demás y los propios con un rasero similar, proporcionado. Muchos directivos mantienen la humildad de escribir como antídoto al dejar de pensar. No dejan que les escriban todo por ellos, porque  escribir es tener la valentía y la humildad de poder equivocarse en primera persona y rubricarlo.

Los directivos que escriben son más confiables.

Particularmente prefiero los directivos que mantienen la empatía. No se olvidan de cuando empezaron y recuerdan lo que ellos pensaban de los de arriba. Prefiero esos directivos que saben el esfuerzo que exigen porqué lo han experimentado antes. Me gustan más esos líderes que contienen sus egos y ceden el paso. Los que respetan sin escalafón. Los que estudian el nombre de su gente para saludarles convenientemente. Los que lo piden todo por favor incluso cuando amonestan seriamente.

Las empresas necesitan líderes que las protejan de la autocomplacencia y de la arrogancia y que les pongan el cliente en el centro cada día. Líderes que sean un ejemplo de cercanía al cliente. ¿cómo puede ser que haya directores generales que pasen una semana sin hablar con sus clientes tantos los más importantes como los sencillos?, ¿puede haber algo más importante? Líderes que trabajen por el empoderamiento y la autonomía de su gente aunque se afanen por conocer hasta el detalle los procesos que componen la cadena de valor. Los podeis ver: son esos que pasean por rincones inospechados de sus empresas, los que normalmente madrugan como el que más. Los que escuchan, hacen preguntas y vuelven a escuchar.

No hay humildad que no escuche.

Los directivos humildes saben que lo importante es que la gente pueda crecer. Y la gente se siente crecer cuando aprende y cuando asume más responsabilidad. Aprender y respetarse es el la mejor manera de fidelizar el capital y el talento humano de sus empresas. Los líderes humildes son capaces de reconocer al talento y a la buena gente por igual. El talento es la base de la competitividad. La buena gente es la base de una comunidad generosa. Y desde su humildad militante pueden gestionar proporcionadamente el no–talento y contundentemente a quienes se creen más que los demás y faltan al respeto. Porque sin respeto no hay comunidad. Hay que ser intolerante contra intolerancia y contra la altivez que ofende

Los directivos humildes triunfan por qué saben que fuera de su empresa hay talento y se empeñan en crear organizaciones abiertas. Porque creen que fuera hay quién puede innovar y disrumpir sus negocios. Porque se afanan por entender cómo cambia el mundo y cuales son las tecnologías que les pueden cambiar la partitura a sus productos o servicios. Los directivos humildes huyen del síndrome del “No inventado aquí” y creen que nadie tiene el patrimonio de la calidad en exclusiva. Los directivos humildes aprenden y desaprenden. Aprenden de los más jóvenes y desaprenden de sus propias trayectorias. No necesitan demostrar que lo saben todo puesto que todo el mundo sabe que conocen lo más importante. Lo que realmente importa.

En un mundo que cambia aceleradamente no hay estrategia eficaz que cien años dure, de hecho a veces sólo duran meses. Y se requiere líderes que desde la humildad sepan modificar el rumbo, que no se aferren a sus pronósticos y que sepan leer antes que otros los cambios necesarios. La visión y la misión deberían tender a perdurar pero todo lo demás tiende a ser bastante coyuntural. La flexibilidad requiere humildad, saber regresar sobre las propias decisiones y los propios sermones.

Solamente dudan  los humildes, por eso son confiables”.

 

Publicado el 7/04/2018 en la Vanguardia

 

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